22/12/25: actualización de mi pensamiento literario
Apenas empiezo a tener la intuición --leyendo Christmas´s Carol-- que existe una semejanza entre algo que escuché en mis primeros años de licenciatura (algo que se pronunció una vez para que logre resonar y retumbar por todo estos años en mi cabeza) y la literatura.
Sin ser complicado de entender, la idea es que: así como en la filosofía se puede hablar de que toda postura se sostiene bajo un modelo metafísico, hasta el punto de que asumir una postura antimetafísica depende, así mismo, de una postura metafísica --por ejemplo, en las visiones naturalistas, o algunas posiciones analíticas que, al separarse de la metafísica clásica, creen que se han despojado por completo de la metafísica; pero ambos mundos están asumiendo que el mundo opera, se conoce y comprueba bajo cierta rigurosidad metodológica, el segundo asumiendo que estos son principios o axiomas de clase matemática, deductiva y empírica-- de igual manera las obras literarias siempre cargan consigo un proyecto ideológico consigo. La manera más sencilla de identificarlo es observando la focalización de la escritura; esto es, así como la cámara decide dónde apuntar, tragándose a la oscuridad todo lo que no merece formar parte de la toma, las palabras de la novela siempre cargan niveles de intencionalidad, donde se decide una palabra por sobre otra para ilustrar o elaborar mejor una idea, evocar una rima o generar un esquema coherente [1].
Cada autor y autora es singular y original de esa manera: crean puentes ficcionales donde la solidez de éste dependerá de su capacidad de concentración para representar el cuerpo de un texto más allá de su mera presentación unidimensional, esto es, como palabras pegadas a la hoja. Entre más finas sean sus intenciones, con mayor agudeza podrán cortar el velo que ofusca la vida de los sentidos emocionales, morales y demás.
Durante estos dos meses he leído Frankenstein, Drácula, Maurice, The Vampire y ahora mismo estoy leyendo Christmas Carol. Cada uno de estos autores y autores escriben dentro de su propia época. El tiempo, que no puede dejar de avanzar, nos ha dado la ventaja de atraparlos en una red conceptual de análisis, agrupándolos en categorías y conceptos. A Shelley y Stoker los catalogamos de románticos, a Forster en la tradición de Bloomsbury y a Dickens dentro del realismo inglés. Esto parece suficiente para decir que existe un proyecto detrás de cada uno, aunque sólo hablando de forma generalizada, pues mirando más profundo la obra de cada autor siempre hay una red entremezclada entre el ambiente cultural donde fue impregnado, la influencia literaria que lo crió y, por último, los hechos biográficos que formaron su identidad .
(Algo que quiero notar es que, si bien estos autores se encuentran en diferentes escenas de la historia, todos abordan el tema de la fraternidad a su propia manera: en Drácula con la fraternidad (homoerótico) entre van Helsing, Jonathan Harker, Dr. Seward, Quincey Morris, Arthur Holmwood; en Shelley entre la tensión disonante que se escucha emergiendo de los lamentos y gemidos de la soledad de Adán (la creación que nunca deseó ser creada) sin su Eva ni su padre (Frankenstein), que grita por hermandad con otros como él; con Forster lo vemos en la relación homoerótica entre Clive y Maurice, quienes podría decirse que confunden entre sí la emocionalidad de la hermandad con el deseo sexual homsexual (al menos por parte de Maurice al mal interpretar a Clive [2]); por último, en Dickens está el discurso de prestar una mano al desafortunado, pues, así como marca Atwood en la introducción de la edición de Everyman´s Library, el joven Dickens quedó marcado por la desolación que sintió en sus años de trabajo en la fábrica de betún al experimentar cómo la esperanza, en forma de la raza humana, nunca tocará las puertas de su trabajo para procurar y cuidarlo. Mi conclusión contingente es que así como hay problemas eternos como la existencia de Dios, de igual manera hay temáticas que nunca dejan de escribirse como la experiencia de la hermandad).
Pero no me he adentrado demasiado en la literatura contemporánea donde, a modo de oxímoron, hay una tradición literarias que duda de las tradiciones literarias. Pero incluso ahí hay una temática sobre la duda: ¿qué dudan cuando están preguntando? ¿Por qué hay un grupo organizado para dudar de lo mismo? ¿qué les ocurrió para que surgiéra está tradición escéptica? ¿qué medidas están tomando para asumir como oposición? Aunque esto no genera un marco cerrado, sí nos da un margen de discusión que, en el ejercicio de la comunicación –donde se deben asumir preceptos (metafísicos y sociológicos)– se va formando un orden de comprensibilidad.
Ya no estamos en los períodos de Wolf, donde hay un proyecto estético que inspira la escritura y la observación, ni de Camus, que busca aliviar la pena desbocada del salvaje absurdo mediante el remedio que es el retomo al ejercicio de la fraternidad a través de la expresión del amor. Pero que ya no haya una tradición clara esto no debe impedir que la literatura se vuelva incomprensible. Si alguien es capaz de dudar y apuntar las fallas de ciertas tendencias culturales y literarias es porque existe ya una punzada en la cultura social que continúa aumentando hasta volverse una clara protuberancia que requiere ser extirpada o, como mínimo, tratada en la medida de lo posible.
Dentro de la comunicación humana --donde la interacción es continua y la crítica y el elogio no cesan-- siempre el autor posterior dudará, complementará y superará a la tradición anterior, que ya sólo se ve como quimera de un mito que ha perdido su valor en la mercancía cultural.
Hoy el proyecto ideológico --el punto de focalización-- se ha vuelto el querer desenmascarar muchos de los mitos que nos han devorado en el día a día, desgarrando, como a Prometeo, los intestinos para hacer de nosotros temerosos sobre las capacidades del intelecto y habilidades naturales que tenemos. Así como he observado en el héroe moderno --Stoner y Maurice, como también en gran medida con las obras de Camus--, al desmitificar el mito, en el centro queda la mujer –y el hombre–. Ahora la autora y el autor puede ver con una claridad inédita que la ficción que narran trata de sí mismo y de otros.
Una conclusión de la definición, o comprensión, de la literatura puede ser que su finalidad siempre ha sido la imaginación infinita de reinterpretar. ¿Qué pasará cuando podamos concentrarnos en nosotros mismos, cómo será modificado la tercera (el mundo como es, o como se ve con el vocabulario a su disposición), la segunda persona (el otro) y la primera persona (la fenomenología y experiencia del yo)?
[1] Algo que ahora me llama la atención es la decisión bien pensada de las palabras que el escritor escoge para comunicar algo. Quien tenga mayor conciencia del manejo del manejo comunicativo de sus intenciones, creando algo digno en el texto, podrá ser considerado un buen o incluso excelente escritor. Un ejemplo que puedo dar es el nivel de representación que uno puede evocar cuando se le pregunta qué está viendo cuando observa un paisaje: quien pueda sobrepasar el nivel de la descripción, para añadir oraciones semánticamente cargas y sintácticamente coherentes para pronunciar una fuerza de significado capaz de representar capaz de la dimensión humana, en su nivel sensorial, emocional y moral, haciendo uso sólo del lenguaje que posee (Nota: los grandes escritores eran políglotas, ya que a veces su lenguaje natal era (y siempre es) insuficiente, teniendo que extenderse al mundo extranjero para buscar el sentido que aún no ha llegado a su tierra natal)
[2]La evidencia de esta tesis la encuentro en la fascinación que tiene Clive sobre Faedro. Esto es consistente con su relación “antifísica”, anti-corporal, hacia su esposa Anne. Pero también se puede leer que Clive, en verdad, terminó por sucumbir ante la presión social; la evidencia también es fuerte debido a que se ve cómo se termina entregando a sus costumbres y a su vida política; además, mientras que con Anne nunca tuvo una relación física, con Maurice sí sucumbió a ese deseo corporal mediante afección erótica. Podría ser que Clive fue hipnotizado –me pareció que le pidió el favor de Risley, porque cuando éste conversó con Maurice parecía que ya había tenido esta conversación–. La tesis del hipnotismo podría explicar por qué terminó desencantado de Maurice tan repentinamente. Quizás se puede decir que Clive es bisexual, pero ¿acaso mostró en algún momento el deseo de besar a su esposa? Que Maurice y Clive sean fuertemente misóginos no explica eso, no deshace el deseo carnal que uno puede sentir hacia su pareja.
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